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Saigón Noodle Bar

Saigón Noodle Bar

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Marcelo Torcuato de Alvear 818, C1058 Cdad. Autónoma de Buenos Aires, Argentina
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9 (9307 reseñas)

En la calle Marcelo Torcuato de Alvear 818, pleno barrio de Retiro, funciona una de las propuestas de comida vietnamita más reconocidas de Buenos Aires: Saigón Noodle Bar. Este restaurante se ha consolidado como un referente para quienes buscan sabores del sudeste asiático auténtico sin necesidad de sacar un pasaporte, y atrae tanto a porteños curiosos como a turistas que quieren probar algo distinto a la clásica parrilla argentina.

El local forma parte de una cadena con varias sedes en la ciudad (San Telmo, Recoleta y otras), pero esta sucursal de Microcentro tiene personalidad propia. Apenas se cruza la puerta, el aroma a especias —jengibre, lemongrass, anís estrellado— envuelve al comensal y anticipa lo que vendrá. La decoración combina un estilo sencillo con toques temáticos asiáticos, y lo más llamativo es la cocina a la vista, donde se puede observar a los cocineros trabajando con woks a fuego fuerte, una experiencia visual que forma parte del ritual gastronómico.

La carta es bastante completa para un local de comida asiática en Buenos Aires y ofrece una amplia variedad de platos típicos vietnamitas. Entre los más pedidos se destaca el Pho Bo, la célebre sopa de fideos de arroz con caldo de carne infusionado con hierbas y especias, que aquí logra un sabor cercano al auténtico, según coinciden varios comensales que han probado la receta original en Vietnam. También sobresale el Bo Lu Lac, considerado el plato insignia de la casa: tiernos trozos de carne salteados servidos sobre arroz con pepino, tomate cherry y una salsa especial que muchos definen como adictiva. Para quienes prefieren opciones vegetarianas, hay versiones con girgolas en lugar de carne.

Las entradas son otro punto fuerte. Los nems fritos (rollitos de primavera) tanto de cerdo como de tofu son prácticamente obligatorios, y los spring rolls de langostinos son una alternativa fresca y ligera. Quienes quieran probar un curry encontrarán opciones con langostinos, cerdo o pollo, con distintos niveles de picante —conviene aclarar al mozo la tolerancia personal antes de pedir—. También aparecen platos como el Saigon Bowl (bowl de arroz con proteínas, vegetales frescos y toppings), Tom Xao (fideos salteados con langostinos), Thit Heo Xao Gun (cerdo salteado con vegetales) y el Bi Bim Bap, una influencia coreana bien integrada al menú.

Uno de los grandes diferenciales del lugar es el servicio. El personal —Alejandro, Alfredo, Rodrigo, Stephanie, Andre y Heidy son algunos de los nombres más mencionados— se toma el trabajo de explicar cada plato a quien lo necesite: qué ingredientes lleva, cómo mezclarlo, en qué orden comerlo. Para alguien que nunca probó comida vietnamita, esta guía resulta clave para disfrutar la experiencia sin sorpresas. Varios visitantes destacan que hasta algún cocinero se acerca a la mesa para enseñarles la mejor manera de tomar la sopa pho, un detalle que marca la diferencia.

En cuanto a las bebidas, hay que tener en cuenta que no ofrecen gaseosas tradicionales. La carta incluye kombucha de jengibre y pomelo, ginger ale, cerveza artesanal (suelen tener marcas locales como Strange), vino con una selección corta pero bien elegida, y la limonada de pepino, que se convirtió en una de las favoritas. El café vietnamita con leche condensada es un cierre perfecto para quienes quieran terminar con algo dulce. También destaca el flan de té matcha con crema de coco como único postre de la carta, un acierto en sabor aunque algunos consideran que el coco rallado de encima a veces opaca el matcha.

Los precios se ubican en un rango medio para Buenos Aires. Un plato principal oscila entre los 21.000 y 28.000 pesos aproximadamente, y una entrada ronda los 9.000 a 12.000 pesos, dependiendo de la época. La relación precio-calidad es generalmente bien evaluada, sobre todo considerando las porciones generosas —muchos clientes destacan que suelen sobrar sobras para llevar—. Hay que tener en cuenta que los días 17 de cada mes el Bo Lu Lac tiene un 25% de descuento, una buena oportunidad para probar el plato emblema a un precio más accesible.

Lo que se puede mejorar

Como toda propuesta con alto caudal de público, Saigón Noodle Bar no está exento de aspectos a pulir. Durante las horas pico (especialmente los fines de semana al mediodía), conseguir mesa puede requerir algo de paciencia y, una vez sentado, la atención puede volverse más lenta. Algunos visitantes han reportado esperas largas para recibir los platos o incluso olvidos en los cubiertos.

El espacio es reducido, lo que genera dos consecuencias: las mesas suelen ser compartidas —lo que puede no ser del agrado de todos los comensales— y el nivel de ruido en las horas de mayor concurrencia puede dificultar la conversación. La higiene de los baños también ha sido señalada como irregular en algunas ocasiones, un detalle que un restaurante de este nivel debería cuidar más.

Otro punto a considerar es la variedad de bebidas sin alcohol: al no contar con gaseosas clásicas, las opciones se limitan a kombucha, limonadas y aguas saborizadas. Quienes esperan poder pedir una Coca-Cola deberán buscarla en otro lugar. La carta de vinos, aunque bien curada, es corta y solo se sirve por botella, algo que puede no convenir a comensales solos o parejas que prefieren una copa.

El estacionamiento en la zona es prácticamente imposible, así que conviene ir en transporte público o caminar si se está por el centro. Para quienes llegan en auto, hay que considerar el tiempo extra para buscar lugar en las calles aledañas.

Veredicto final

Saigón Noodle Bar es, sin duda, una parada obligada para los amantes de la gastronomía asiática en Buenos Aires. La autenticidad de sus sabores, la amabilidad del personal, las porciones abundantes y el ambiente acogedor lo convierten en una opción muy recomendable. Es ideal para una primera aproximación a la cocina vietnamita, para una cena informal con amigos o para una salida en pareja.

No es el lugar más indicado para quienes busquen un ambiente íntimo y silencioso, ni para grupos muy numerosos que necesiten privacidad total. Tampoco es la opción más económica del rubro, pero la calidad de la materia prima y la ejecución de los platos justifican la inversión.

Si todavía no lo probaste, la recomendación es clara: sentate en la barra, pedí un pho y dejate guiar. La experiencia, en general, merece el viaje.

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